RELATOS DE LANA

“¡Esto no es una tienda, es un museo!”. Eso fue lo primero que escuché nada más cruzar el umbral de aquella vieja puerta de madera bajo los arcos abovedados de la Plaza de Armas de Cusco.

Era la víspera del solsticio de invierno y la tranquilidad de la plaza había desaparecido con la llegada del Inti Raymi (en la lengua quechua “fiesta del sol”). Testigo de la evolución del Imperio Inca, sufridora de la invasión colonial y hoy por hoy atractivo turístico a nivel internacional, acogería durante los próximos días diferentes desfiles escolares, universitarios e indígenas como colofón final al festejo más importante del año. El momento en el que los descendientes del Imperio Inca reciben al dios sol para dar la bienvenida al nuevo año desde lo que históricamente se conocía como Huacaypata, ahora Plaza de Armas.

En representación del equipo de Old Port Films caminaba junto a mi compañera Pilar, miembro del equipo de la ONG Zabalketa, por los soportales de aquella plaza cuando el olor a lana de oveja y alpaca capturó nuestra atención.

Guiados por el aroma, nos acercamos hasta esa vieja puerta donde nos aguardaba una voz cargada de vivencias que nos invitó a cruzar el umbral: ¡Pasen, pasen! Prácticamente camuflada entre el genero y escoltada por un gato de mirada curiosa y un perro lanudo dormido a sus pies, allí estaba ella, observándonos fijamente.

Señora de Cusco

A la espera de recibir la primera impresión sobre sus tesoros guardó silencio, aunque el brillo de sus pupilas delataban claramente el orgullo que sentía de ser la propietaria de aquel local. Fue entonces cuando tras observar la gran colección de mantas, gorros y ponchos que llenaban cada pequeño espacio de ese lugar, miré a Pilar y se me escapó un asombrado “vaya tienda”. Rápidamente mi comentario recibió la estocada justa y merecida que necesitaba: “¡Esto no es una tienda, es un museo!”

¡Y tenía razón! No era como el resto de centros artesanales donde ponchos, mantas, manteles y gorros de textiles artificiales satisfacían las demandas de los turistas más convencionales. Se trataban de piezas de gran valor, algunas de las cuales superaban los 400 años de antigüedad y cuyos colores y adornos habían sido confeccionados con tintas de origen vegetal natural. Obras de arte indígena que desprendían bordados de autenticidad en cada costura.

Pero la mayor de las sorpresa nos esperaba unos metros más abajo, en un sótano donde definitivamente la colección se perfilaba interminable. Allí abajo desenfundamos nuestras cámaras, con permiso de la anfitriona, y tomamos algunas fotografías bajo la atenta mirada de ese gato tricolor y de Mick Jagger. ¿De Mick Jagger? Sí de Mick Jagger. El rey de sus Satánicas Majestades posaba sonriente enmarcado en una instantánea tomada hace años, junto a la dueña y señora de este recoveco repleto de arte.

Almacén Cusco

Cuando subimos las escaleras me detuve frente a ella para agradecerle su hospitalidad, sin poder evitar comentarle que habíamos visto su fotografía con el líder de los Rolling Stones a lo que ella respondió: “Así es, aquí estuvo”.
Esas fueron las últimas palabras que nos dedicó la guardiana de este tesoro forjado con lanas de alpacas, llamas y vicuñas.

 

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